Por qué razón tenemos que dormir

Ningún estado del hombre, ni siquiera el de enamoramiento qué alguien llamó estado de imbecilidad transitoria, se han prestado tanto al misterio y a la poesía como el del sueño.

Su semejanza con la muerte, el sueño eterno, y su relación con el ensueño, como algunos psiquiatras han llamado al fenómeno psíquico (y biológico) del soñar para distinguirlo del dormir, han hecho de este fenómeno tan natural, protagonista de numerosas leyendas, supersticiones y literatura tanto vulgar como científica.

Por qué dormir

¿Es necesario dormir?

La ciencia dispone hoy de un caudal de conocimientos y conceptos suficientes para explicarnos qué es, porqué nos dormimos y qué ocurre durante el sueño. A la luz de estos conocimientos el sueño ha dejado de ser algo misterioso y, si conocerlo puede servir para conciliarse con él, tanto que gana la persona curiosa que lea estas páginas y no esté ansioso por saber inmediatamente las causas del insomnio que, a lo mejor, padece.

Empecemos por enterarnos de por qué nos dormimos.

Años de experimentación y estudios, han llevado al hombre a saber muchas cosas, no todas porque la ciencia no ha dicho ni dirá nunca su última palabra, sobre los mecanismos que conducen a su organismo y mente al estado de sueño.

Los resultados de estos esfuerzos han ido haciendo abandonar aquellas teorías anteriores al comienzo de la era cristiana que explicaban el tipo de sueño por la acumulación de sangre en las venas o las más modernas que giraban en torno a cambios en la circulación sanguínea en el cerebro como causa del dormir.

A la altura de nuestro tiempo, se conoce ya la existencia de unos centros localizados en nuestro cerebro que regulan la vigilia y el sueño y se entienden bastante bien los mecanismos nerviosos y vegetativos que conducen al dormir.

Así, se sabe que en nuestro sistema nervioso, equivalente a una central y redes de comunicación en nuestro interior por las que se transmiten la información y las órdenes que aseguran el buen funcionamiento del organismo y la buena relación del individuo con el exterior, existe un sistema (el sistema activador reticular) cuya misión es controlar el estado global de la actividad del sistema nervioso.

Este control incluye el de los estados de vigilia y sueño y, al menos, parte de nuestra capacidad para dirigir la atención hacia zonas especiales de la mente consciente.

Este sistema, actúa a modo de enlace muy particular entre los vigilantes situados en el interior y la periferia de nuestro organismo y los cuarteles generales, localizados en el cerebro, donde se organiza la actividad que preserva la vida del individuo.

Estos vigilantes son unas células especializadas, repartidas en número de millones por todo el interior y el exterior del organismo, y encargadas de transmitir información sobre los estados de los órganos o las condiciones del ambiente externo.

Ellas son quienes transmiten la información que nos permite ver, oír, gustar, palpar, saber si tenemos hambre o nos duele la muela y mil detalles más. Y de la cantidad de informaciones (impulsos) que transmiten, depende, en gran parte, la actividad de esa zona enlace a la que estimulan.

Esta estimulación del sistema activador reticular por esos impulsos, tiene como resultado un aumento de la actividad de los centros superiores y, a su vez, el aumento de actividad de esos centros, influye en el del sistema reticular, con lo que una vez excitado éste, es más fácil que su actividad se mantenga.

Cuando ésto sucede, el aumento de actividad del sistema reticular, eleva el tono muscular de todo el cuerpo y acelera el trabajo de muchos de nuestros órganos. Como estos cambios provocan una alerta mayor en los vigilantes, éstos envían más información (más impulsos) al sistema con lo que, como se ve, el mecanismo se va alimentando a sí mismo una vez que el sistema reticular ha recibido el mínimo de impulsos necesarios para su activación.

En esencia, lo descrito corresponde al despertar. En el dormir ocurre lo contrario. La disminución del número de estímulos ambientales que los vigilantes han de recoger supone una merma del número de impulsos que llegan hasta el sistema reticular. Con ello, al disminuir su actividad, desciende la actividad de la corteza y entramos en el umbral del sueño.

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